DÍA DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO

La Revolución de Mayo y sus proyecciones en nuestra historia

Dante Ramaglia, investigador del CONICET en el INCIHUSA, revisita los ideales que impulsaron la Revolución de 1810 y propone una mirada sobre algunos de los debates que atravesaron ese proceso histórico.


La Revolución de Mayo y sus proyecciones en nuestra historia.
Encabezado del Acta del 25 de mayo de 1810. Fuente: Archivo General de la Nación.

Por Dante Ramaglia - Investigador del CONICET en el INCIHUSA

El proceso revolucionario iniciado en mayo de 1810 representa un acontecimiento fundacional que da origen a nuestra patria, transformando radicalmente el orden existente que se había instaurado con la dominación colonial. Como lo han destacado algunas interpretaciones historiográficas, constituye, además, un mito fundante de una nueva legitimidad política que proviene de la soberanía popular.

Es sabido que la Primera Junta que termina de conformarse el 25 de mayo asume el poder en representación del rey Fernando VII, quien resultó depuesto con la invasión de España por parte de las tropas francesas de Napoleón Bonaparte. Esta situación suponía que los miembros de esa Junta decidieron no responder a otras autoridades del imperio español, ya sea que residieran en la península europea o en el territorio americano. Si bien en la formación de la Junta autónoma participaría un número reducido de habitantes del entonces Virreinato del Río de la Plata, básicamente vecinos de la ciudad de Buenos Aires de cierto sector social, se resolvió inmediatamente convocar a la realización de la Junta Grande con representantes de las provincias, aunque cabe observar que se mantenía una limitación para otros grupos que ciertamente era imposible que formaran parte, como estratos bajos de la sociedad colonial, mujeres, comunidades indígenas y población negra esclava.

¿Cuáles fueron los motivos que llevaron a adoptar esta decisión de enfrentarse a la metrópoli española? Aun cuando es posible señalar que existieron distintas fracciones que confluyeron en la Junta que asume el gobierno, con demandas y proyectos diferentes en cada una, como es el caso más notorio que opone a los saavedristas y morenistas, hubo un conjunto de motivaciones que movilizaron a los patriotas que actuaron en esa circunstancia. Como lo ha afirmado la historiografía de ese período de la revolución, esta no fue tanto el resultado de un programa doctrinario que lo antecediera, aunque sí hay otras causas que lo explican, además del vacío del poder monárquico, como son las dificultades para comerciar libremente, la creación de milicias al mando de criollos durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, las restricciones para acceder a cargos públicos y el trato desigual hacia los americanos.

Este último motivo referido al tratamiento que recibían los americanos, que conjuga lo político con la sensibilidad de la época, estará presente en muchos discursos de los intelectuales que intervienen en la prensa periódica. Por ejemplo, los artículos que publica Mariano Moreno en la Gaceta de Buenos Aires, órgano oficial de difusión de los actos de la Junta creado el 7 de junio de 1810, van a hacer referencia, entre otras cosas, a las Leyes de Indias por su consideración solo como “factorías” de las colonias de ultramar del imperio español, pero también es criticada esta legislación por la falta de eficacia para solucionar los problemas de la población indígena. Por su parte, Bernardo Monteagudo, quien sucede a Moreno en la dirección de ese periódico, afirmaba que en el diccionario español las voces de “americano” y “esclavo” eran sinónimos, con lo que equiparaba la situación de todo nativo frente a esa mirada que inferiorizaba su condición humana.

Este tipo de reclamos ante el destrato que recibían los criollos, es decir los descendientes de europeos nacidos en América, va a ser frecuente y lleva también a asumir una posición reivindicativa de los pueblos originarios americanos, que llevarían la peor parte a partir de la conquista y la colonización. De allí se desprende, además, el recurso a símbolos de ese pasado indígena, especialmente incaico, que van a ser utilizado por el gobierno patrio, como el sol presente en la moneda y la bandera, así como su alusión en las primeras versiones del himno nacional. Igualmente, las columnas de ejércitos patriotas, la que comanda Juan José Castelli con rumbo al Alto Perú (el actual territorio de Bolivia) y la dirigida por Manuel Belgrano que llega al Paraguay, van con el mandato de cancelar los tributos y sistemas de servidumbre indígena para sumar a estos pueblos a la causa de la revolución.

En esta política inclusiva respecto de la población indígena, sostenida principalmente por los morenistas, se destaca la publicación de algunos documentos públicos y del nuevo gobierno en lenguas nativas, tal como se dio con las resoluciones de la Asamblea del Año XIII, que fue traducida al quechua, aymará y guaraní, al igual que lo sería luego la Declaración de Independencia. Como hito relevante de los objetivos revolucionarios, la Asamblea sancionó, entre otras medidas, la representación nacional y la soberanía del pueblo, derogó los tributos y servicios personales de los indios, proclamó la libertad de vientres y prohibió el tráfico de esclavos, decretó la libertad de imprenta y suprimió las torturas y la Inquisición. En las páginas publicadas a partir de esas sesiones quedaron delineados los principios de gobierno que respondían a formas republicanas e igualitarias, así como puede decirse que constituye un antecedente de la proclamación de derechos humanos universales. Las finalidades que no llegó a concretar fueron la sanción de una constitución, que se obtuvo recién pasada la mitad del siglo XIX, y la ruptura definitiva con el Imperio español, proclamada unos años más tarde.

La orientación republicana más radical que caracteriza los primeros años de las revoluciones independentistas en los países latinoamericanos ‒lo que se conoce como el “período jacobino” que abarca entre 1810 y 1816‒ sería una impronta para las nuevas naciones, aunque es posible observar que fue también desvirtuada en el proceso de constitución de los Estados nacionales, que continuaron con la negación de derechos a sectores subalternizados, al mismo tiempo que se terminaron subordinando al mercado mundial en expansión. Esta situación sería advertida por José Martí cuando denunciaba en su texto Nuestra América de 1891 que “La colonia continuó viviendo en la república”. Y algo similar decía el filósofo Alejandro Korn a principios del siglo XX, en un momento de prosperidad para la Argentina, a la vez que marcado por la desigualdad social, cuando afirmaba: “Hemos sido colonia y no dejamos de serlo”. Por cierto que esta realidad negativa atravesaría distintos momentos de inflexión hasta la actualidad, pero sigue siendo válido replantearnos si la dependencia y el colonialismo ‒o lo que se teoriza hoy como colonialidad‒, que afectan a las relaciones geopolíticas, sociales, económicas y culturales, no siguen siendo todavía fenómenos estructurales a los que seguimos enfrentándonos en el presente.